La familia de Felipe V, por Van Loo (1743)


Se ha aceptado tradicionalmente que fue el de Carlos III el gran reinado del siglo XVIII. Resulta evidente que bajo su gobierno (1759-1788), España disfrutó de una época de prestigio internacional, expansión militar y naval, éxitos bélicos, reformas administrativas y políticas acertadas. No obstante, las semillas que hicieron germinar esta acertada acción de gobierno, no fueron sino plantadas durante el más breve y menos conocido reinado de su hermano, Fernando VI, quien se ha visto totalmente eclipsado por su sucesor.

Es sabido que la Casa de Borbón no tuvo un advenimiento pacífico en España. Felipe V hubo de afrontar en condiciones difíciles la Guerra de Sucesión, de la que salió victorioso pero aceptando las penosas condiciones del Tratado de Utrecht de 1713. Consecuencia de la misma fueron los Decretos de Nueva Planta y algunas otras importantes reformas gubernativas y administrativas, al calor del recién acabado conflicto, que dividió a los españoles y enfrentó a las potencias europeas. La guerra por la legitimidad dinástica; la Paz de Utrecht, de la que arranca la cuestión de Gibraltar; la conquista del Reino de Nápoles, del que el futuro Carlos III ceñiría la Corona bajo el nombre de Carlos VII; la guerra de asiento o de la oreja de Jenkins contra Gran Bretaña, en las que tuvo lugar la resonante y nunca bien recordada victoria de Cartagena de Indias de 1741; la de Sucesión de Austria; etc… Por ello, el de Felipe V (1700- 1746), es uno de los reinados más conocidos de nuestra historia.

Por su parte, Carlos III asumió la Corona entre 1759 y 1788, período en el que acontecieron sucesos de diverso signo, mayoritariamente favorables, pero en todo caso de gran significación. La bandera roja y gualda, entonces como enseña naval, que todavía hoy enarbolamos con orgullo y devoción; la Marcha Real, aquella marcha granadera prusiana que llamó la atención del Conde de Aranda; la reconquista de Menorca en 1781, en cuya conmemoración todavía se celebra cada 6 de enero la festividad de la Pascua Militar; el gran sitio de Gibraltar de 1782, sin duda el más serio intento de recuperación de la plaza perdida; las ordenanzas militares de 1768, vigentes hasta finales del siglo XX; la exitosa Paz de Versalles de 1783, culminación de la victoria militar contra Gran Bretaña; la creación del Banco de San Carlos, antecedente del Banco de España, y de las Sociedades Económicas de Amigos del País, como medidas de hacienda y de fomento; la instauración de la Lotería Nacional; etc… Todo ello por citar tan solo algunos, sin ánimo de exhaustividad.

Pero pocos o ninguno de estos hechos gloriosos y aciertos políticos podrían haber tenido lugar si entre Felipe V y Carlos III no hubiese reinado en España un Monarca notable, que supo mantener cuanto había recibido y se esforzó por mantenerlo, logrando además incrementarlo enormemente. Es a él a quien se debe la introducción de la política y reformismo de la Ilustración, de la mano de sus ministros Ensenada y Carvajal, que posteriormente continuaría Carlos III con Floridablanca y Aranda. Nos estamos refiriendo a Fernando VI, Rey de España de 1746 a 1759.

Es por ello que el proyecto de reivindicación de este reinado, tan próspero para España como injustamente olvidado, cristalizó en la creación de una Corporación Nobiliaria española formada por Grandes de España, Títulos del Reino, Hidalgos y otras personas de mérito y virtud personales: el Capítulo Noble de Fernando VI.

Su Protector en España es el Excmo. Sr. D. Rafael Melgarejo de la Peña, Duque de San Fernando de Quiroga, Grande de España.

Los fines esenciales del Capítulo Noble son los siguientes:

- Devolver el lugar que merece en la historia la figura de S.M. Don Fernando VI, mediante la difusión y recuperación cultural de su figura y reinado.

- Estimular la práctica de las virtudes civiles y cristinas, premiando las más significativas.

- Fomentar, promover y difundir el conocimiento de este reinado en los territorios de la América hispana, sin el cual no puede entenderse la historia de estos países.